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En el siglo XIX, la figura de Santa Rosa de Lima es objeto de una relectura y de una reubicación decisivas: de ''santa de la monarquía católica'' pasa a funcionar como símbolo patriótico republicano, útil para narrar la independencia y, al mismo tiempo, para asegurar una continuidad —religiosa y cívica— en la construcción de la identidad nacional. En el primer ciclo, aproximadamente entre 1810 y 1830, su culto es resignificado por sectores del clero patriota y por las nuevas autoridades en clave anti-colonial: en Arequipa, hacia 1814, circulan versos que invocan a la santa para “impetrar” la independencia, colocándola en tensión con jerarquías percibidas como “españolas”. Esta operación simbólica se institucionaliza mediante dos hitos de fuerte densidad político-religiosa: el 14 de septiembre de 1816, cuando el Congreso de Tucumán la elige “Patrona de la Independencia de la América”, y el 8 de octubre de 1821, cuando en el Perú San Martín la declara “patrona y tutelar” de la Orden del Sol, primera orden del nuevo Estado, articulando así “santidad americana” y “regeneración” republicana.<br>
 
En el siglo XIX, la figura de Santa Rosa de Lima es objeto de una relectura y de una reubicación decisivas: de ''santa de la monarquía católica'' pasa a funcionar como símbolo patriótico republicano, útil para narrar la independencia y, al mismo tiempo, para asegurar una continuidad —religiosa y cívica— en la construcción de la identidad nacional. En el primer ciclo, aproximadamente entre 1810 y 1830, su culto es resignificado por sectores del clero patriota y por las nuevas autoridades en clave anti-colonial: en Arequipa, hacia 1814, circulan versos que invocan a la santa para “impetrar” la independencia, colocándola en tensión con jerarquías percibidas como “españolas”. Esta operación simbólica se institucionaliza mediante dos hitos de fuerte densidad político-religiosa: el 14 de septiembre de 1816, cuando el Congreso de Tucumán la elige “Patrona de la Independencia de la América”, y el 8 de octubre de 1821, cuando en el Perú San Martín la declara “patrona y tutelar” de la Orden del Sol, primera orden del nuevo Estado, articulando así “santidad americana” y “regeneración” republicana.<br>
 
En una segunda fase, entre 1830 y 1870, la apropiación deja de ser solo retórica o institucional y se vuelve también urbana y popular, visible en imágenes y fiestas: Rosa entra “en la calle”, no únicamente en el altar. Es el tipo de circulación que permite entender, por ejemplo, la acuarela asociada a Pancho Fierro—fechada por su comprador en 1836— en la que un soldado eleva la efigie triunfal de Santa Rosa; el comentario del estudio subraya que el pueblo la vinculaba a San Martín por el patronazgo sobre la Orden del Sol y por la independencia. En paralelo, la simbología rosista se inscribe en prácticas estatales y en una economía política de los “trofeos” nacionales: ya presidente, Ramón Castilla solicita en 1849 a San Martín la devolución de diversos objetos, entre ellos un expediente del proceso de beatificación de Santa Rosa, tratado como pieza de alto valor para la memoria pública del país.<br>
 
En una segunda fase, entre 1830 y 1870, la apropiación deja de ser solo retórica o institucional y se vuelve también urbana y popular, visible en imágenes y fiestas: Rosa entra “en la calle”, no únicamente en el altar. Es el tipo de circulación que permite entender, por ejemplo, la acuarela asociada a Pancho Fierro—fechada por su comprador en 1836— en la que un soldado eleva la efigie triunfal de Santa Rosa; el comentario del estudio subraya que el pueblo la vinculaba a San Martín por el patronazgo sobre la Orden del Sol y por la independencia. En paralelo, la simbología rosista se inscribe en prácticas estatales y en una economía política de los “trofeos” nacionales: ya presidente, Ramón Castilla solicita en 1849 a San Martín la devolución de diversos objetos, entre ellos un expediente del proceso de beatificación de Santa Rosa, tratado como pieza de alto valor para la memoria pública del país.<br>
En la tercera etapa, hacia 1870–1900, la recepción se consolida como nacionalización historiográfica y editorial: Rosa se fija como elemento estable del relato de nación en la escuela, la cultura impresa y la escritura histórica. El testimonio de Sebastián Lorente (1876) es aquí indicativo, pues registra el “consorcio” popular entre Santa Rosa —como culto religioso— y San Martín —como entusiasmo político—, señalando hasta qué punto la santa se vuelve una bisagra narrativa capaz de unir religión y patria. A ello se suma, en 1886 (tercer centenario del nacimiento), la proliferación de ediciones y compilaciones de amplia difusión, como la ''Vida edificante…'' impresa en Lima por Carlos Prince, un formato típicamente decimonónico que estabiliza una imagen a la vez moral y cívica de la santa y refuerza su condición de “patrona” americana en un lenguaje compatible con la cultura nacional.<br>
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En la tercera etapa, hacia 1870–1900, la recepción se consolida como nacionalización historiográfica y editorial: Rosa se fija como elemento estable del relato de nación en la escuela, la cultura impresa y la escritura histórica. El testimonio de Sebastián Lorente (1876) es aquí indicativo, pues registra el “consorcio” popular entre Santa Rosa —como culto religioso— y San Martín —como entusiasmo político—, señalando hasta qué punto la santa se vuelve una bisagra narrativa capaz de unir religión y patria. A ello se suma, en 1886 (tercer centenario del nacimiento), la proliferación de ediciones y compilaciones de amplia difusión, como la ''Vida edificante…'' (1886) impresa en Lima por Carlos Prince, un formato típicamente decimonónico que estabiliza una imagen a la vez moral y cívica de la santa y refuerza su condición de “patrona” americana en un lenguaje compatible con la cultura nacional.<br>
 
En síntesis, a lo largo del XIX Santa Rosa es recibida menos como una figura exclusivamente mística y más como un recurso de legitimación: permite a las repúblicas afirmar una identidad americana y católica sin depender del prestigio simbólico de España, y ofrece un punto de continuidad —a veces tenso, pero operativamente eficaz— entre Iglesia, ciudad y Estado.<br>
 
En síntesis, a lo largo del XIX Santa Rosa es recibida menos como una figura exclusivamente mística y más como un recurso de legitimación: permite a las repúblicas afirmar una identidad americana y católica sin depender del prestigio simbólico de España, y ofrece un punto de continuidad —a veces tenso, pero operativamente eficaz— entre Iglesia, ciudad y Estado.<br>
 
En suma, el siglo XIX no sustituye la santidad por la política: más bien reordena sus relaciones. Santa Rosa se convierte en un punto de sutura: asegura continuidad moral y, al mismo tiempo, participa activamente en la producción republicana de memoria e identidad.
 
En suma, el siglo XIX no sustituye la santidad por la política: más bien reordena sus relaciones. Santa Rosa se convierte en un punto de sutura: asegura continuidad moral y, al mismo tiempo, participa activamente en la producción republicana de memoria e identidad.
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Latest revision as of 21:47, 19 February 2026